El plan del viernes

¿No sabes qué hacer el viernes? Intentaremos resolver esa espinosa cuestión a través de nuestras experiencias de los viernes madrileños.

La Llama

Podría tratarse de un buen día, un día en el que la mente viajara libremente, sin ataduras, en el que las preocupaciones se esfumaran, en el que se pudiera contemplar simplemente lo bello que es vivir, ver las cosas que merecen o no la pena, un día de liberación, de sentirse bien consigo mismo, de ser dueño de las propias decisiones, de poder decir a los demás sí o no sin sentirnos mal, de aceptarnos tal y como somos…

Siempre puede tratarse de un buen día y en realidad de quien depende es de nosotros mismos. Hasta en los peores momentos pueden verse los resquicios de esa realidad, que está ahí, pero que las adversidades tratan de hacernos olvidar.

I

Cuenta la historia que había un hombre que llevaba siempre consigo un papel, donde apuntaba todo lo que le había ocurrido durante el día. Al llegar la noche, antes de dormir, contemplaba unos instantes el papel y acto seguido, lo quemaba.

Este es el breve relato del encuentro que tuve con alguien que no olvidaré.

Era yo un pequeño de once años, en un día como otro cualquiera, un día en el que andaba por el barrio con dirección a la panadería. Andaba en esos momentos distraído por la calle, como muchos otros chicos de mi edad, quizá, tan absorto en mis pensamientos que acabé tropezando con otra persona.

Perdone– dije con un hilillo de voz.

No pasa nada, joven muchacho – respondió una voz profunda, varios centímetros por encima de mi.

Levanté mi mirada y vi ante mí a un hombre de edad indefinida: se notaba que era mayor, pero me resultaba imposible encuadrarlo como anciano. Su mirada era tal que me quedé medio hipnotizado. Como decía me quedé quieto durante unos instantes, manteniendo un intenso contacto visual con el desconocido. Era como si yo intentara desentrañar un misterio, cuya solución se encontrara guardada en su brillante mirada.

Te has quedado embobado. – soltó una alegre carcajada – ¿Nos conocemos?

No. Es que …. – me quedé en el sitio sin poder mediar palabra. ¿Qué podía decir? ¿Qué me había quedado absorto porque me parecía extraño? En sí parecía rodeado de una extraña energía que le permitía hacer cualquier cosa pese a su avanzada edad. ¿Qué era lo que quería que le dijera? No era capaz de expresar todo lo que en mí había generado ese fugaz momento, como si hubiera vislumbrado el universo entero en apenas segundos.

Demasiadas ideas revolotean por tu mente. No te preocupes. Poco a poco. Dime cual ha sido tu primera idea, lo primero en que habías pensado – dijo el hombre con una voz sosegada y con una sonrisa en su rostro.

Yo…-me costaba fijar mi mente en una sola idea – …esto…me…he sentido algo extraño al verle…

Tutéame. Me llamo Héctor.

-...he sentido algo extraño al verte. Parecía…como… –me quedé de nuevo petrificado sin decir nada. No sabía como continuar.

El hombre, Héctor, no dijo nada. Su mirada era tranquila y parecía no tener prisa en que le diera la respuesta e incluso daba la sensación de que decía: Toma el tiempo que necesites para expresarte.

-…si estuvieras lleno de energía. Aunque pareces…-dudé un poco en decirle que me parecía un anciano pues quizá se lo tomaría como una ofensa. Pero de repente tuve la convicción de que eso no le importaría. -…muy mayor…tus ojos y tu persona desprenden una extraña energía…como si fueras capaz de hacer cualquier cosa….como si la edad no fuera un impedimento para ti.

Héctor me miró fijamente. Por momentos sus ojos revelaron sorpresa pero de inmediato recobraron su fuerza y soltó una gran carcajada. Yo me eché a temblar, ¿le parecía una tontería lo que le había dicho? Seguramente así era y en parte eso era lo que a mí me parecía, aunque también me quedaba la extraña sensación de que lo que yo le había dicho tenía algo de verdad.

En parte por eso me desconcertaba un poco la reacción del anciano, ¿se estaría burlando de mí?

No te preocupes, chiquillo, que no me estoy riendo de ti – parecía que se había dado cuenta de mi cara descompuesta – Simplemente me ha hecho gracia tu franqueza. Solo los jóvenes, los insensatos y unos pocos elegidos son capaces de decir lo que piensan sin tapujos, ¿soy un tipo extraño entonces, no?

No sé. Esto…quizás sí, pero…

La duda es buena, joven chiquillo. Hay que dudar ante todo y analizar y examinar por nosotros mismos el mundo. ¿Tienes prisa? ¿Algo que hacer? ¿Te apetecería pasear un poco conmigo?

A pesar de tener que ir a la panadería, estaba deseoso de hablar más con ese extraño señor que me había encontrado allí, en mi propio barrio, a pocos metros de mi casa. Estábamos muy cerca de lo que para mi era familiar y cercano, pero ahora me sentía lejos de cualquier cosa conocida, como si estuviera en otra dimensión.

Finalmente le dije que tenía que hacer unas compras y que en cuanto las acabara podría ir con él.

El anciano me señaló con la mirada a un parque que estaba no mucho más allá de donde nos encontrábamos. Con una sonrisa en su rostro dijo que esperaría allí hasta que yo acabase lo que tuviera que hacer.

II

Terminé rápidamente las compras y fui corriendo hacia el parque. Él se encontraba sentado en un banco, con su eterna sonrisa dibujada en el rostro y mirando hacia ningún lugar en particular. Su imagen transmitía alegría y esperanza por la vida.

Le dije que había acabado todo lo que tenía que hacer, que estaba dispuesto a andar con él. Se giró hacia mí y me miró fijamente: su mirada seguía serena, pero había algo más en ella, quizá nostalgia. Dijo que antes de pasear quería contarme algo.

Habló de muchas cosas, pero lo primero de lo que me habló fue de su infancia. Dijo de que de pequeño se parecía un poco a mi.

Todos los niños poseen el inestimable  tesoro de querer descubrir aquello que está oculto, desentrañar e indagar en lo desconocido y ser un buscador en el misterio que es la vida.

La semilla está ahí, pero si no se riega y se cuida lo suficiente cae en el olvido, y al final uno acaba creyendo que no hay misterio en el vivir. Y sin misterio no hay búsqueda ni buscador, sino que se pierde esa magia y una vez que se olvida es muy difícil volver a recuperarla. Lo peor es que nos acostumbramos a ello, perdiendo la ilusión por vivir, y a la vez perdiendo la esperanza y la inocencia.

Yo perdí ese tesoro según fui creciendo y lo que había podido ser nunca fue.

Pero, por fortuna, desde hace muchos años, recorro el mundo intentando aprender y descubrir todo lo que nos rodea, intentando lograrme conocer cada vez un poco más, disfrutar con lo que veo y aprender de la gente que he conocido en mis viajes.

Viajar me hace sentir bien, como si fuera una persona completa. Una pena que mi mujer ya no estuviera para poder haber realizado este camino con ella…

-…no se si debo puedo  preguntar…- interrumpí casi sin darme cuenta el relato.

Pregunta lo que quieras. Por lo que estaba diciendo imagino que me querías preguntar por mi mujer, ¿no?

-…así es. ¿No viajabas cuando estaba con ella?

Si, pero no tanto como los dos hubiésemos querido. Ambos teníamos muchos compromisos y el trabajo no nos dejaba apenas tiempo libre. Disfrutamos mucho juntos, pero nos dimos cuenta demasiado tarde de lo que merecía la pena, al menos de lo que a ambos nos lo merecía: llegar a poder disfrutar del mundo juntos, libres, sin ataduras. Ni siquiera ataduras con nosotros mismos, sino dejar desarrollarnos juntos en vez de limitarnos el uno al otro.

El ansia de descubrir el misterio de la vida del que te hablaba antes –aquella semilla que no terminó de germinar en mi cuando era pequeño- no volvió a resurgir hasta muchos años después, cuando ya era prácticamente un anciano y mi mujer había muerto.

Fue la muerte de mi mujer el detonante de volver a encontrar esa chispa, algo que había quedado casi olvidado en mí. En un principio su muerte me dejó sin fuerzas, me encontraba a punto de tirar la toalla, quería dejar de vivir, nada más me retenía aquí. Pero entonces, tuve una especie de revelación en forma de sueño, un sueño en el que se me apareció mi mujer. Me dijo que aunque ella ya no estuviera debía luchar por la vida, no podía olvidar todo por ella haber muerto, estaba segura que podía llegar a ser mucho más de lo que había sido, aún quedaba tiempo para ello.

“Dentro de cada uno de nosotros hay una semilla que espera crecer, una semilla que marca nuestro propio desarrollo. Es por ello que hay que cuidarla, regarla, dejar que crezca, sin aprisionarla. Al final todos tenemos la capacidad de transformarnos en aquello que realmente queremos llegar a ser, sólo tenemos que cuidar de esa semilla y alimentarla.” 

Finalmente mi mujer se despidió, pero me dijo que solo era un hasta luego, que ya nos volveríamos a encontrar por el sendero de la vida, pues dos almas que realmente se quieren no pueden estar mucho tiempo separadas. 

Así que, aunque la añoraba mucho, no podía olvidarme de seguir viviendo. Debía volver a redescubrir el mundo, volver a encontrarme a mí mismo. Lentamente fui saliendo de aquel estado de aturdimiento, la semilla que tanto tiempo se había encontrado seca y arrugada germinó y finalmente dio sus frutos.

Como decía antes, es importante viajar, pero no sólo de una manera física, sino también con la mente. Dejar volar la imaginación, no dejar nunca que se estanque la mente, ya que al estancarse, ésta pierde flexibilidad. La comprensión se alcanza a través de la flexibilidad mental. Debemos romper y escapar de nuestros propios tabúes que desde pequeños hemos y nos han ido construyendo en nuestra mente. Esta comprensión de la que hablaba nos hará fuertes, y hará que sobrevivamos y disfrutemos en este mundo que nos ha tocado vivir, por ello es muy importante alejarse de lo que es fijo e inmutable, tenemos que dudar de todo lo que nos sea impuesto porque sí o que nos limite. La duda no es sino un signo de inteligencia y esta nos permitirá reflexionar sobre los hechos…

III

Parecía que iba a seguir con el discurso, pero se calló por unos instantes y se levantó del banco.

Creo que con lo que te he dicho bastará por el momento. Ahora andemos un poco. – mientras lo decía volvió a sonreírme. Me daba la sensación de que la fuerza y energía de su mirada era más intensa, de que él era totalmente libre y que se encontraba feliz de vivir y seguir indagando en los misterios de la vida.

Me había dejado anonadado, abriéndose a un niño que apenas acababa de encontrarse por la calle, no lo lograba entender…

– Con los años entenderás lo que he hecho y cuando nos volvamos a encontrar estoy seguro de que te reconoceré por las ganas de vivir que tu persona reflejará – esas fueron las únicas palabras que dijo en el paseo que dimos.

El paseo duró unas cuantas horas, dando la tarde paso a la noche. Parecía que habían transcurrido apenas unos minutos desde que abandonáramos el parque y decidiéramos andar por la calle y disfrutar del paseo y del silencio. Ese andar me recordó a lo que había dicho Héctor sobre viajar, no viajar sólo de manera física sino con la mente, dejando volar la imaginación. Andando habíamos atravesado sitios que no conocía y que me sorprendieron, y también andando por sitios conocidos pude apreciar nuevas cosas en las que nunca me había fijado. Supongo que las ganas de vivir hacen a uno interesarse por todo lo que nos rodea y nos hace ser más observadores e indagadores, siendo estos al fin y al cabo algunos de los atributos del buscador.

Antes de despedirme de él – era ya tarde y tenía que volver a casa, ya que mi madre estaría preocupada porque no le había dicho a donde iba – me dijo que le acompañara en un ritual, que había iniciado al volver a regar su semilla interior.

Sacó un trozo de papel y un bolígrafo, garabateó en él durante un buen rato y luego lo miró largo rato. Finalmente sacó un mechero, con el que prendió la hoja.

La llama comenzó a consumir el papel en el que Héctor acababa de escribir.

¿Por qué haces eso? – le pregunté con extrañeza.

La gran mayoría de lo malo que nos ocurre es efímero. Una vez pasado ese mal pierde su existir y deja de ser. Pero la mente recopila y guarda, quedando registradas en ella muchas de esas cosas malas que nos suceden.

Es decir, que aunque el malestar, que es un hecho externo, desaparezca, el verdadero malestar se encuentra registrado en nuestra mente y no desaparece. Es similar a este papel: aquí se halla todo lo malo y todo lo bueno que me ha ocurrido y todas las cosas que pudiera haber hecho y que no he conseguido hacer. Al quemarlo hago desaparecer todo lo malo, todos mis malestares y pesares.

Pero, ¿por qué quemar también las cosas buenas que te han pasado?

Las cosas buenas suelen ser también efímeras. Pero la mente suele hacer que se queden con nosotros también, pudiendo condicionarnos, hacer que nos volvamos sedentarios en nuestro pensar, e igualmente sedentarios a la hora de buscar la felicidad, llegando incluso a que no queramos buscarla más, pensando que no necesitemos más y que nos conformemos con lo que tenemos, pero eso no es posible. La felicidad es un continuo estado de búsqueda, y si nos regodeamos en lo que tenemos y en lo felices que somos y no buscamos más, se echará a perder lo que hayamos conseguido. Es por ese motivo por lo que también quemo lo bueno, de ese modo será olvidado y me hará seguir buscando la felicidad.

¿Cómo entonces vives el día a día si te despiertas sin nada a lo que aferrarte?

Cada día intento despertarme como si fuera un hombre nuevo. De ese modo no existe nada malo que me haya pasado y tampoco existe nada bueno que me haya ocurrido, sin nada que coarte mis actos y decisiones, siendo libre de buscar mi felicidad.

¿Es posible vivir así? Creo que siempre quedará en la memoria algo y nos hará actuar de un modo u otro, ¿no?

Es cierto. Siempre queda algo en la memoria, pero con el tiempo todo acaba de un modo u otro en el olvido. Las llamas se llevaron lo bueno y lo malo, y de la memoria van desapareciendo incluso las heridas más profundas. Al final solo hay cenizas y al realizar este acto cada día, me demuestro que tengo un  verdadero deseo de descubrir y disfrutar del misterio que es la vida sin que ningún mal ni ningún aparente bien me lo impida.

Yo también quería hacer lo mismo, así se lo dije a Héctor.

Me tendió un papel y un bolígrafo, en él escribí varias de las cosas que me habían ocurrido durante el día, entre ellas el haberme peleado con un amigo, el haber disfrutado de un helado de chocolate y el haber encontrado a Héctor. Antes de quemar el papel le comenté lo que había escrito.

Palabras de Héctor: “No se si el hecho de haberme encontrado es una cosa buena o mala. Todo será olvidado y del resultado de esas cenizas sólo el tiempo dirá”.

Así, sin más, se despidió de mí. A pesar de que le busqué a lo largo de los días y meses siguientes no le volví a ver. Todavía veo desfilar ante mí las cenizas del papel que quemé y que el viento arrastró consigo. Cada noche anoto tal y como hacía Héctor, tanto lo bueno como lo malo que me pasa y lo quemo. Cada día intento ser una persona nueva, actuando de manera libre, sin ataduras, buscando la felicidad y olvidando lo que he escrito previamente, porque lo malo solo existe tanto y cuanto nosotros lo permitamos y lo bueno no siempre dura y es necesario que la busquemos con ahínco cada día, de manera renovada.

Todo lo que tiene un principio tiene un final, y lo bueno y lo malo no duran eternamente, al final todo pasa y sólo quedamos nosotros. Y después de eso sólo hay cenizas y olvido.

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Muchacho del relaxo y los buenos alimentos.
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2 Comentarios

  1. Dicen que tras leer un buen libro nunca vuelves a ser el mismo.He leido tú relato y jamás seré la misma

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