“Notaba una serie de pinchazos, un dolor que le recorría todo el cuerpo. No debería haber bebido tanto esa noche, pero sabía tan dulce…”

I

Los ojos apenas le respondían, solo distinguía figuras borrosas que iban de un lado a otro. Pensó que aún se encontraba en el antro, aunque, momentos después, se dio cuenta de que estaba sobre una superficie blanda, a lo mejor era un sofá o una cama, por lo que seguramente estuviera ya en su casa.

Tiempo después sus párpados reaccionaron ante una luz intensa que le daba de lleno. Menuda juerga me he pegado, pensó, mientras hacía esfuerzos por levantarse del lugar en el que se encontraba acostado.

Se notaba lento  y pesado, tanto que cuando intentó levantarse de aquel sitio trastabilló y se golpeó con el suelo, volviendo a fundirse todo en negro. Cuando despertó la oscuridad reinaba el lugar. ¿Dónde estaba? Por fortuna se sentía algo mejor, era un alivio poder pensar sin que doliera demasiado la cabeza y sin que todo diera vueltas.

Finalmente pudo levantarse y observar el lugar en el que se encontraba, una calle que no le sonaba de nada. Estaba vacía, sin edificios, gente paseando o coches, y los alrededores no eran mucho más halagüeños: tierra árida, baldía, que le recordaba a un desierto y en la que no se veía ni un alma. Hasta donde le llegaba la vista no se observaba nada que le pudiera servir para orientarse, debía de tratarse de la periferia de la ciudad. Miró hacia arriba, donde una enorme luna llena acompañada de estrellas dominaba el cielo.

¿Qué hago aquí? Se preguntó. No tenía la menor idea ni recuerdo de cómo había podido acabar en ese lugar. El alcohol era sin duda el causante, le había desorientado. Existía una notable laguna mental y era en las aguas de esa laguna donde se encontraba la respuesta. Lo mejor que podía hacer era andar, con suerte encontraría alguna referencia y averiguaría donde se encontraba. Avanzar por la carretera sería lo correcto. ¿Izquierda o derecha? Daba igual, así que eligió el tramo de carretera que estaba a su izquierda y poco a poco sus ánimos fueron creciendo. Encontraré algo pronto, pensó. Varias horas después se arrepentía de no haber elegido el otro sentido de la carretera. Quizá ya hubiera encontrado algo. Furioso consigo mismo continuó su deambular, deseando que algo cambiara del yermo paisaje. Ni siquiera el firmamento cambiaba y la luna y las estrellas seguían en su sitio, dando la sensación que no había pasado el tiempo.

Un largo rato después le pareció ver un poste a lo lejos, pensó que quizá le diera pistas de donde se encontraba, pudiendo así volver a su casa de una vez. Con esa perspectiva en mente se puso a correr y solo cuando estuvo a unos cuantos pasos se dio cuenta de lo que era: el indicador de la entrada a un metro. En efecto, a unos pasos se veía una entrada, de donde salía un leve atisbo de luz, la suficiente para poder ver unas escaleras que descendían a su interior. Le extrañó que tanto el indicador como la entrada no dijera de qué estación se trataba, pero como estaba iluminado habría alguien que pudiera ayudarle, se quiso convencer, mientras se internaba por las escaleras.

Llegó a un pasillo poco iluminado y en cuyo fondo se divisaba algo de luz. Las ansias le pudieron de nuevo y empezó a ponerse a correr, a riesgo de tropezar con cualquier cosa que pudiera estar oculta bajo esa especie de penumbra que reinaba. El pasillo parecía no acabarse nunca y tras unos cuantos minutos redujo el paso de nuevo. Acabó intercalando la carrera y el descanso durante lo que le parecieron varias horas, sin lograr llegar al final, llegando justo cuando empezaba a notarse cansado. Lo había logrado, ahora encontraría a alguien que le ayudara, por fin.

No se lo podía creer, ¿dónde estaban las taquillas de ese metro? ¿No había nadie? El pasillo había dado paso a un andén que, salvo las lámparas que colgaban en el techo, se encontraba prácticamente vacío. Ningún indicativo, señal, mapa, ni butaca, nada. Solo la vía y el túnel por donde debía pasar el tren. ¿Estaba todavía aquel sitio en construcción y por eso se encontraba deshabitado? Intentando no pensar demasiado en eso se dispuso a esperar, no perdía demasiado allí de pie observando el austero lugar, sólo algo más de su tiempo. Además, si aquello estaba en construcción, ¿por qué dejarlo abierto e iluminado?

Decidió esperar sentado en el suelo. En cuanto lo hizo una grata sensación de paz y tranquilidad recorrió su cuerpo. Se encontraba tan bien que no deseaba nada más, sólo estar allí por el resto de su vida….

 “un jardín, lleno de flores de todos los colores, un lugar que evoca sensaciones de paz y tranquilidad. Todo iluminado por un cálido y radiante sol. Numerosas personas corren y retozan en armonía con el entorno. La vida podía ser tan fácil como eso: disfrutar cada momento, dejando a un lado las preocupaciones y todo lo que se aleje de ese bello lugar, llegando así a comprender la posible verdad. Poder vivir en armonía con el resto, algo que debería ser sencillo y que luego, en ocasiones, resultaba tan complicado.

El perfume de las flores incitaba también a la calma, a la confianza, al valor, le animaba a ser alguien mejor, alguien al que no le preocupe vivir. Sin pensar en el modo aparentemente ‘adecuado’ para hacerlo, más allá del miedo, a limitarse a uno mismo. Si se pudiera vivir siempre en este sitio…

El jardín cambia y su tierra se vuelve marchita, la gente desaparece, se encuentra solo, abandonado. Las nubes oscurecen el cielo y un olor a podredumbre le empieza a rodear, asfixiándole, haciendo que se empiece a olvidar de lo que acaba de ver y sentir. Está sólo y la vida es demasiado compleja, las preocupaciones le atenazan, la desesperación hace mella en él, su único deseo es acabar, dejar esta vida. Nada tiene sentido…”

II

Se despertó cansado. Seguía en el andén, pero lo notaba diferente, no sabría decir por qué, solo que eso le hacía sentir inquietud, incomodidad, miedo. Por ello se levantó y empezó a caminar hacia la salida, necesitaba salir de allí. Antes de que diera cinco pasos escuchó un ruido proveniente de la oquedad de la derecha, un rumor que se iba acrecentando poco a poco, ¿Se trataría del tren? La estructura de metal que apareció confirmó sus sospechas: era un tren que parecía estar en buenas condiciones, sin pintadas ni cristales rotos. El tren fue frenando hasta quedar totalmente parado. Cuando fue reduciendo la velocidad se percató que no había visto a una sola persona en los vagones, que se encontraban además apagados.

¿Podría ser que se encontrara realmente solo? La sensación de inquietud le empezó a atenazar el cuello, hasta llegar al punto de costarle respirar, casi no encontrando fuerzas para ello. Se sentó, abatido, mientras intentaba calmarse. En ese momento se abrieron las puertas de los vagones. Quizá era una especie de invitación, o más bien su imaginación le hacía pensar eso, pero no le quedaba otra, así que haciendo un gran esfuerzo, se levantó y caminó hacia uno de los vagones. En cuanto entró se encendieron las luces del vagón. Allí no había nadie, aunque sí que había numerosos asientos en los cuales sentarse, cosa que hizo sin pensárselo demasiado.

Se cerraron las puertas y el tren se puso en funcionamiento de nuevo. ¿A dónde le llevaría aquella máquina? Esperaba que en cualquiera de las estaciones hubiera alguien, así toda esta confusión y esa extraña situación acabaría de una vez.

Abandonó la estación para introducirse en un incierto futuro, representado por la oquedad que el tren se disponía a recorrer. Se intentó convencer de que la propia máquina le hacía compañía, ambos recorrerían el túnel hasta que llegaran a un sitio en el que pudiera hallar a alguien y averiguar donde se encontraba. Esa extraña idea mitigó un poco el agobio.

A través del cristal que tenía enfrente se veía a sí mismo sentado. Al principio no le pareció ver nada más, pero según fue avanzando el tren le pareció que se formaban en el cristal una serie de formas o figuras que le recordaban a personas, no nítidas del todo, estaba seguro de ello. Había dos figuras grandes y una más pequeña, en un conjunto que se le hacía bastante extraño, que provocaba en su interior una sensación no muy grata, pesar, desazón. Sea lo que fuera las imágenes que le mostraba el cristal despertaban recuerdos en él: esas dos figuras les recordaban a sus padres, y la pequeña figura a él mismo, en su infancia.

Qué lejos quedaba eso, en esa época fue feliz, o eso al menos recordaba. Sus padres eran dioses, lo podían todo, se sentía seguro, feliz, a su lado. No porque le compraran caprichos o no, y de hecho muchas veces no se los daban, sino porque él sabía que sus padres le querían, notaba que lo hacían de verdad, hubieran dado su vida sin pensarlo por él, estarían junto a él en todos los momentos, malos o buenos. Eso era lo más importante… ¿en qué momento lo olvidó o más bien en qué momento fue capaz de darse cuenta de ello?

Las figuras cambiaron: la pequeña creció un tanto y a su lado surgieron un buen número de figuras idénticas. Las otras dos figuras se quedaron a un lado, en un segundo plano, retirados del otro grupo.

¿Cuándo dejó de tener contacto con sus padres? Poco a poco fue dejando de relacionarse con ellos. Podía haber llegado a conectar y realmente llegar a conocerse mutuamente. En sí, sus padres sí que le conocían, al menos al pequeño hijo que entre ambos criaron. Pero él nunca llego a conocerles, sino que creó un muro que sus padres no pudieron atravesar, y cuando creció, se rodeó de compañeros, aparentes amigos, a los que nunca llegó tampoco a conocer. No había sabido aprovechar esos momentos tan importantes: de un lado la familia y del otro también los amigos. Los veía solo como gente con la que pasar el rato, no personas con las que crear lazos verdaderos.

Muchos eran los recuerdos que le venían a la mente, tanto tiempo malgastado, perdido, ¿qué había hecho con su vida en ese tiempo? ¿Qué había logrado? Nada de provecho, al final había avanzando solo, sin rumbo, hasta perderse y después, fue a peor.

Las figuras del cristal sufrieron otra transformación. Las dos más grandes se fueron separando más y más, mientras que el grupo que rodeaba a la pequeña desapareció. Ésta creció bastante, casi hasta aproximarse hasta la altura que tenían sus padres. A su lado surgió una figura de su misma altura, con la que se junta y se abraza. Momentos después desaparece la segunda figura y aparece otra similar, a la que se junta y abraza, para momentos después desaparecer. Se fue repitiendo lo mismo varias veces, con muchas más figuras, hasta que se quedó sola la que antes fuera la pequeña figura.

Se trató de un engaño, lo recuerda bien. Sus múltiples relaciones con chicas que nunca acabaron en nada realmente serio, sin un compromiso ni real entendimiento, una especie de búsqueda, ¿pero de qué? Un proceso en el que, salvo una vez, no llegó a sentir verdadero amor por ninguna. En ocasiones era por no estar sólo, se encontraba tan alejado de sus padres y de sus compañeros que necesitaba algo, pero en realidad no sabía lo que buscaba. Una a una fueron desfilando sin más por su vida.

Era cierto que una de ellas le causó honda impresión e incluso llegó a enamorarse, pero no supo transmitir lo que sentía por ella y acabó yéndose de su lado, seguramente cansada de tener cerca de ella a alguien que parecía insensible, aislado, demasiado cerrado, lejos del propio mundo.

El rememorarlo le causaba dolor. Lo que había visto en el cristal le hacía recordar lo inútil que fue su vida en ese tiempo y lo vacía de esa existencia.

Pero aún queda más. Lo sabía y lo estaba esperando.

Las dos figuras antes distanciadas desaparecieron: la muerte de sus padres, que tanto le habían querido, y a los que sólo les pudo demostrar su amor pocos meses antes de que pasaran a mejor vida. El cáncer en ambos casos era demasiado avanzado y no se pudo hacer nada. Curiosamente fue en esos momentos en los que más cerca sintió a sus padres, comprendió que ellos siempre le habían querido y que le seguirían queriendo hasta el fin de los tiempos. Pero desaparecieron, como las dos figuras. Sabía que esas dos pérdidas no serían en vano.

Junto a la otra figura aparecieron unas cuantas más: su reconciliación con el mundo. Se sintió como si diera pasos de gigante por el mundo, abriéndose a los demás, disfrutando, conectando, viviendo, disfrutando de la amistad, juntos en la andadura del camino de la vida. Momentos en los que se sintió feliz, completo, como alguien más, y no un ser aislado, o una isla respecto al resto.

III

Una turbulencia en el metro le hizo volver a la realidad. El vagón había comenzado a agitarse de un modo un poco violento. No sabía cuánto tiempo llevaba de trayecto, ya que había perdido la noción del tiempo, pero llevaba un buen rato. El tren parecía ir a trompicones, en momentos frenaba y en otros aceleraba, como si estuviera retrasando el momento, esperando algo antes de llegar a su destino. Se apreciaban leves chispas de luz que aparecía por los cristales del vagón, chispas que en aquellos momentos le evocaron pequeña luciérnagas, seres de luz que revoloteaban en esa insondable oscuridad.

Las imágenes reflejadas comenzaron a cambiar de nuevo. La figura que creía ser su propia representación desapareció y pasados unos momentos todas las imágenes del cristal la siguieron, desapareciendo. Sólo se veía a sí mismo y al resto del vagón.

Las turbulencias eran cada vez más fuertes. La oscuridad comenzó a ceder, avasallada por una creciente luminosidad.

Tras contemplarse a sí mismo durante un rato en el reflejo del cristal le vino el recuerdo: una noche de juerga con los amigos, la vuelta a casa, un atraco, el dolor en el estómago, las manos llenas de sangre, su propia sangre manando a borbotones dejando su cuerpo, su vida escapándose. Esa luz. ¿Qué significado podría tener la oscuridad y la luz?

Desaparecieron las turbulencias y la luz lo llenó todo, incluso sus pensamientos. Todo es borrado o más bien es guardado. Todas las experiencias, el bagaje, la sabiduría.

Una maternidad: un niño sale del útero materno y tras momentos iniciales de vacilación, llora. Una vida ha nacido, todo sigue su curso, el ciclo vuelve a comenzar y el aprendizaje nunca acaba.

A 6 de noviembre del año 2003.

Dedicado a aquellos que por un motivo u otro se alejan de nuestras existencias. El ciclo de la vida hará que nos volvamos a encontrar. La comprensión nos hará fuertes.

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RuJuguemos

Muchacho del relaxo y los buenos alimentos.

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