Descansar y olvidar eran las dos únicas cosas que me apetecían, a mis espaldas cargaba demasiado cansancio acumulado. Notaba mi cuerpo descender lentamente por un abismo, mientras que el frío y la humedad me iban sumiendo en la inconsciencia. Hacía mucho que había perdido la noción del tiempo y no sabía siquiera si había parado de caer o seguía hundiéndome en ese insondable lugar. En parte me daba igual, solo quería acabar de una vez con todo.

I

De manera inesperada, tras una eternidad, algo tiró de mí con fuerza, haciéndome ascender entre la maraña de agua helada y oscuridad. Largo rato después, todavía algo dormido y embotado, logré levantar la cabeza para saber qué o quienes me estaban izando, pero un destello de luz me lo impidió.

El ritmo de ascenso se fue incrementando cada vez más y me empezó a dar la impresión de que el descanso tendría que ser dejado para más adelante. Poco a poco mi vista se fue acostumbrando a la luz y comencé a distinguir unas manos, ¿podría ser ella? Cabía dentro de lo posible, pero no pude averiguarlo, ya que la luz fue perdiendo intensidad y la oscuridad volvió a reinar.


Un tremendo cansancio es lo primero que noto tras recobrar el conocimiento. No sé cuanto llevaré tumbado, solo que estoy empapado, de noche, rodeado de árboles y a orillas de un lago. No hay rastro de quien me salvó, sea quien sea. El lugar está tranquilo, en silencio, excepto por algún grillo ocasional. Con tanta tranquilidad dan ganas de quedarse tumbado y dormir, pero desafortunadamente tendré que levantarme y ver si puedo encontrar a mi salvador, porque quizá sea ella y no quiero dejar pasar la oportunidad. Consigo incorporarme, no sin cierto esfuerzo, y miro alrededor: delante está el lago, que sigue transmitiendo calma, encima de él hay un puente y detrás veo un parque iluminado por numerosas farolas. Mi primer impulso, como si estuviera en piloto automático, es el de acercarme al lago, me sigo sintiendo agotado y parte de mi quiere abandonarse, terminar de una vez. Sigo ese impulso e introduzco un pie en el agua. Y sin previo aviso un fuerte dolor me atraviesa, doy un traspié y me caigo de espaldas, perdiendo por momentos la consciencia.

Una sonrisa arrebatadora. Una larga melena morena que se movía como con vida propia mientras andaba a su lado. Su piel desprendía un aroma de lo más agradable, intenso, apaciguador, que te hacía no querer nada más. Sus andares eran tranquilos, señoriales, de seguridad y sintonía con el mundo. A su lado me sentía feliz y cómodo, ¿cómo pudo cambiar todo eso de la noche a la mañana?

II

El dolor se va atenuando, aún así me quedo con pocas ganas de acercarme de nuevo al lago, por lo que me pongo a investigar el parque. Avanzo tranquilamente hacia la vegetación y tomo el primer sendero que encuentro. No veo a nadie, la única compañía es la luz de las farolas, que me acompañan a donde quieran que voy. Minutos de caminata más tarde distingo un muro a lo lejos, quizá se trate del final del parque, así que me dirijo a esa dirección. Es bastante alto, debe tener sus tres o cuatro metros de alto, aún así se ve desgastado y como medio dejado a perder, de hecho veo varias grietas y grupos de cascotes amontonados por el suelo. Mientras sigo examinando el muro me llega un dulce olor, una fragancia que me va seduciendo y atrapando, de esas que se te hacen imposibles de olvidar, tanto, que me muevo casi de manera involuntaria hacia donde proviene el perfume. A los pies de una farola contemplo su origen: una amalgama de flores de diversos colores y tamaños. Es curioso, pero no se parecen en nada a las plantas y flores que he visto por aquí, el resto de la flora es tan insulsa, neutra y sin color, que parecen totalmente fuera de lugar.

Me acerco un poco más y me arrodillo para contemplarlas en todo su esplendor, la verdad es que podría estar horas y horas así, me encuentro tan a gusto…

Estaba a su lado cuando pasó, me sonreía mientras conducía por la carretera, ajenos ambos a la tensión del tráfico y a los malestares cotidianos. Nos teníamos el uno al otro, con eso era suficiente. De repente el mundo dio vueltas, y nosotros con él. La última imagen que quiero recordar es la de su sonrisa mientras nos cogíamos fuertemente de la mano.

Tiempo después un estruendo me despierta, al parecer me quedé dormido tumbado junto a las flores. No veo nada, pero creo que el ruido ha venido de la pared. Vuelvo a oler las flores antes de irme y me dirijo al muro. Casi todo está como antes, aunque parece que la pared se encuentra un poco más agrietada. Al acercarme la tierra me engulle: había un hoyo del que antes no me percaté, quizá por lo crecida y descuidada que está la hierba. No me hago daño – el agujero en sí no es profundo – y todo queda en un susto. Justo cuando empiezo a apoyar los brazos para salir de ahí descubro un boquete en una de las paredes del agujero donde he caído, parcialmente oculto por los hierbajos que crecen por doquier. Los aparto y queda a la vista un túnel por el que podría caber si fuera a gatas. Meto la cabeza y veo luz al fondo. Que extraño, me suena familiar, como si hubiera estado antes. Finalmente decido internarme por el túnel. La luz del fondo se va haciendo cada vez más cercana según me arrastro, y por fortuna el avance se hace sencillo, hasta que finalmente llego a la salida. Una densa bruma me recibe. Entre jirones de niebla distingo una explanada con unas cuantas farolas que dan un aspecto fantasmagórico al lugar, pero que iluminan lo justo para no perderse. Me limpio los pantalones y me levanto. Detrás queda el muro, así que solo me queda avanzar. La bruma está por todas partes y parece como si me quisiera impedir mi avance, dando de vez en cuando tirones, entorpeciendo los pasos, retrasando el avance. Escucho un rumor ininteligible, algo así como una voz que murmura a lo lejos. Noto como mi corazón da un vuelco, ¿sera su voz la que oigo?
Las farolas van dando paso a una serie de pequeños montículos, que se encuentran distribuidos de cualquier manera por la explanada. Entre todos ellos destaca uno más grande que me llama la atención, no se por qué, y me dirijo en esa dirección. La bruma no ceja en su empeño de detenerme, aunque logro avanzar poco a poco a mi objetivo.

Tengo la sensación otra vez de que he estado aquí antes, pero no soy capaz de recordar. Tropiezo justo cuando se empiezan a poder distinguir más claramente el montículo, antes de chocar contra el suelo veo unas manos, manos que parecen querer sostener las mías mientras me caigo, pero que se encuentran demasiado lejos de mi. Tan mala suerte tengo que mi cabeza da a parar a una piedra y la oscuridad me hace otra visita.

III

El despertar fue lo peor. Me encontré solo, lleno de cables, inmovilizado. El tiempo pasaba, solo veía entrar y salir gente, pero ella no aparecía. No podía casi moverme y apenas hablar, aún así y como pude pregunté a los enfermeros, que me miraban y callaban como si no me entendiesen. Solo cuando me dieron el alta se atrevieron a contestar mis preguntas. Les importaba mi salud y no querían contarme nada que me pudiera afectar. ¿Cómo fueron capaces de callarse y dejarme con la duda durante esa eternidad? Tantos días en tensión, lleno de dudas, roto, para que después, una vez recuperado, la triste verdad me volviera a romper, esta vez para siempre.

Un tiempo indeterminado después me despierto y lo que primero veo son de nuevo sus manos, ¿cómo no voy a reconocerlas? Están esculpidas en piedra, pero son ellas, estoy seguro. Su rostro es indefinido, reconozco que podría ser el de cualquiera, pero yo veo el suyo reflejado. Son sus manos, así que ¿por qué no va a ser su cara la esculpida? Se trata de un ángel arrodillado, que tiende sus manos a aquellos que lo van a visitar.

De repente me viene un agradable olor y al mirar al suelo veo montones de flores acumuladas de otras visitas. Algunas deben llevar allí mucho tiempo y otras se ven más recientes, pero en conjunto y a pesar de eso siguen dando su buen aroma, una fragancia muy agradable, un olor que me suena. Podría decirse que el olor es el mismo que el de las flores que he visto antes, al otro lado del muro, ese conjunto de flores embriagador junto al cual estuve durmiendo antes. Que apropiado que se encuentren allí junto al ángel que me recuerda a ella. Ahora que me fijo un poco más, ¿no hay algo escrito a sus pies? Apenas puede leerse, ya que la hierba y la niebla lo impiden. Voy apartando la vegetación, cada vez más nervioso, y me quedo helado, mucho más frío de lo que estaba al salir del lago. Así que de eso se trata, ese es el motivo por el cual estoy aquí, empiezo a entender por qué me suena todo tan familiar. Y sé también lo que tengo que hacer y por qué me interrumpieron mi descanso. Me doy la vuelta y vuelvo por donde he venido. Un rato después deposito con delicadeza el ramo de flores que acabo de coger. Contemplo al ángel junto a sus flores y poco a poco me voy sintiendo en paz. Creo que ya puedo volver a descansar, por lo menos hasta que de nuevo ella requiera mi presencia. Gracias por todo y lo siento.

Me encuentro vacío, roto, y nada parece ya tener sentido. No he podido despedirme de ella de manera adecuada, aún cuando ya hace un año de lo sucedido. Sé que es una locura pero no veo más solución, la nostalgia es tan dolorosa que apenas puedo ya pensar en otra cosa. Debo visitarla al menos una vez. Cojo el coche y cruzo la ciudad a toda velocidad. El dolor es cada vez más insoportable, creo que no voy a ser capaz de hacerlo, todo mi cuerpo tiembla mientras mi cabeza sigue dándole vueltas a lo que tengo que hacer. Me dejo llevar y doy un volantazo, haciendo que el coche choque contra la barrera y caiga por el puente. Mientras caigo cierro los ojos y pienso en los últimos momentos con ella. Aprieto mi mano intentando atrapar el recuerdo de su mano junto a la mía. El agua me recibe, entra por las ventanas del automóvil y me sigo dejando llevar. El frío y la humedad me rodean mientras desciendo. Siento su abrazo y mientras la oscuridad va haciéndose hueco la recuerdo por última vez.

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RuJuguemos

Muchacho del relaxo y los buenos alimentos.

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