Una hora para la cita. Genial, tengo suficiente margen para llegar sin hacerla esperar, porque conociéndola es capaz de irse sin más y quien sabe cuánto tiempo puede pasar hasta poder coincidir de nuevo.

60′

El bolsillo comienza a vibrar y cojo el móvil. Voy hasta un parque que está lleno de gente, al parecer se encuentran expectantes con algo que ocurre en un piso de las inmediaciones. Me hago hueco entre la multitud, mientras sigo la trayectoria de sus miradas: una persona colgada de una barandilla. Algunos gritan que no se tire, otros están cotorreando entre ellos y la mayoría andan hastiados esperando que venga la policía y que se acabe de una vez la pantomima. La prueba de que no se trata de ninguna actuación es mi propia presencia, pero no creo que nadie me vaya a hacer caso, por lo que me acerco al lugar del posible impacto para irme de allí cuanto antes.

Como era de esperar el hombre se tira y acaba estampándose contra el suelo del parque. Todos enmudecen y antes de que se acerque nadie me adelanto hacia el cuerpo. El hombre me mira aterrado, se que no es lo primero que esperas ver cuando mueres, pero no he hecho el mundo ni he decidido este tipo de cosas. Veo la moneda en su interior y ya ha perdido su brillo. La recojo y me marcho, mi trabajo está hecho.

Acelero mis pasos hacia donde he quedado, pero de nuevo vibra el móvil y me pongo en marcha. Acabo en una calle bloqueada por la policía y los servicios sanitarios: los médicos atienden a varias personas tiradas en la calle. Me acerco hasta una de ellas, se trata de una chica joven. Ha tenido menos suerte que el conductor del otro coche y que sus amigos, por mucho que los médicos lo intenten no van a poder hacer nada para salvarla. La chica abre los ojos y me mira asustada. Como ya dije es la típica reacción. El brillo de su moneda se extingue hasta apagarse, coincidiendo con el pitido de la máquina de los sanitarios. Es en ese momento cuando la recojo y me marcho con celeridad.

Por lo general no tengo un momento de descanso y comienzo a dudar si a este ritmo podré ser puntual. Como confirmación suena otra vez el móvil. Llego al interior de una casa que desprende un olor nauseabundo. Atravieso un pasillo lleno de desperdicios y llego a un salón donde encuentro lo que buscaba: tres personas tumbadas en el suelo alrededor de una mesa llena de drogas. De ellas, dos ya tienen sus monedas sin brillo. Cuando me acerco me miran con los ojos exageradamente abiertos, como si se tratase de una alucinación más de sus mentes drogadas. La moneda de la tercera casi ha perdido su luz pero mantiene un pulso que se ha hecho estable, por experiencia sé que vivirá. Lo único que puedo hacer es recoger las otras dos e irme de allí.

50′

La siguiente llamada me acerca a un hospital y me noto algo más cerca de mi cita. Como de costumbre me reciben destellos y sombras por igual. Llego hasta la tercera planta y me meto en la primera habitación del pasillo. Hay un tropel de gente alrededor de una cama, donde hay tumbada una mujer muy mayor. Dos familiares le sujetan las manos y lloran desconsolados mientras el resto se apiñan alrededor, todos con rostros tristes. Su moneda pierde brillo poco a poco y parece que se resiste a desaparecer, pero ha llevado una buena vida y se encuentra rodeada de su gente, por lo que finalmente declina y acaba apagándose. Me acerco y la mujer me sorprende: me mira de manera tranquila y serena, aceptando el momento. Con delicadeza recojo la moneda y la introduzco en mi saco, con el resto que he ido recolectando, y me voy de allí. Que curiosa es la naturaleza humana y que fortaleza resultan tener algunas personas, no deja de sorprenderme.

Ensimismado en estos pensamientos acelero mis pasos hacia el lugar de la cita, hasta que miro el móvil y me doy cuenta que habían llamado hace un rato. Esta vez llego a una joyería en cuya puerta han dejado un cartel de cerrado. Entro igualmente y encuentro el local vacío. Decido ir a la trastienda a echar un vistazo cuando, de improviso, me choco con algo que sale de allí a toda velocidad, ¿que demonios?…cuando me giro para ver de que se trata solo distingo un borrón oscuro que sale disparado de la tienda. Temiéndome lo peor corro hasta la trastienda y mis sospechas se confirman cuando veo dos cuerpos en el suelo amordazados, sin monedas. Salgo lo más rápido que puedo de allí, pero para cuando lo hago no veo a nadie. Esto ha sucedido por despistarme, debo cumplir mi cometido con velocidad, si me retraso puede pasar lo que ha pasado aquí. Malditos carroñeros, estas cosas me sacan de quicio.

Cuando llega el siguiente aviso me doy prisa, para que no vuelva a suceder otra historia parecida a la de la joyería. Entro en una casa y la registro hasta dar con mi objetivo, que se encuentra en el cuarto de baño. El suelo se encuentra mojado, proveniente de la bañera, que se halla hasta los topes de agua y de la que sobresale la cabeza y el brazo de un joven. Al aproximarme al joven me mira con cierta tristeza en su mirada. No parece sorprendido, todo lo contrario, da la sensación de que me esperaba. Al apagarse la moneda la recojo y me voy.

32′

El siguiente aviso llega nada más salir por la puerta de la casa y me lleva hasta una alcantarilla. Bajo por la escalera de la misma y mientras lo hago me fijo que en el suelo hay un cuerpo tirado. Según me acerco veo que se trata de un hombre cuya cabeza tiene un ángulo digamos complicado. Al parecer se resbaló mientras bajaba las escaleras y cayó a plomo con la mala suerte de darse en la cabeza. Su moneda se está apagando a gran velocidad y me arrimo a recogerla. Me contempla con un horror que he visto en multitud de ojos, pero antes de que se apague la luz de su moneda sucede algo muy poco habitual: su espíritu se eleva por encima del cuerpo y echa a correr en dirección contraria a la mía. Eso en sí daría igual, pero se ha llevado la moneda. Definitivamente no es un día normal, hacía mucho tiempo de la última persecución de ánimas, y justo pasa hoy. Empieza a adentrarse en la red de túneles, debo darme prisa para que no se escape. Primero el carroñero y luego esto, perfecto.

Me adentro en el pasillo a toda velocidad. Pueden suceder tantas cosas para perderle que prefiero no pensar sobre ello. En la distancia veo como su moneda se ha acabado apagando y se añade otro problema, si no me doy prisa puede complicarse el asunto. Por el momento tengo suerte y no le pierdo de vista mientras vamos dando vueltas por los pasillos del alcantarillado. Voy recortando distancia, pero justo cuando la tengo a mi alcance llegamos a una encrucijada, gira hacia la izquierda y al hacer yo lo mismo me topo con el espíritu. Se encuentra parado frente a una masa de harapos oscuros cuya forma recuerda lejanamente a una persona, lo que comúnmente en mi gremio llamaríamos un carroñero.

En los manuales te explican de manera muy precisa lo que hay que hacer ante tal situación: “coge la moneda y vete de ahí echando chispas. Se ruega encarecidamente evitar al carroñero en la medida de lo posible”. Eso si, luego toca encima redactar un plomizo y completo informe sobre ello, diversión a tope. Quizá en otras circunstancias hubiera seguido el protocolo estándar pero tengo reciente lo pasado en la joyería y puede que sea el mismo que ha robado las monedas. Sin pensarlo mucho más le empujo contra la pared. Intenta golpearme, pero se mueve de manera muy lenta y le esquivo con facilidad. A continuación le suelto un rodillazo directo al estómago y cae al suelo mientras se retuerce del dolor. Le pateo un par de veces más y he de reconocer que ahora me siento mucho mejor.

El espíritu no está. En vez de quedarse a agradecérmelo va y huye, lo que hay que ver, así que toca reanudar la persecución. Antes de irme le echo un último vistazo al carroñero, que veo que sigue en el suelo. Ahora que me fijo tiene un zurrón a la espalda. Le golpeo de nuevo, cojo un pequeño cuchillo que tengo en la mochila y le arranco el zurrón. Al levantarlo noto que pesa bastante. Lo zarandeo y me responde un tintineo característico que consigue hacerme sonreír, abro el zurrón, cojo las monedas que contiene y las guardo junto a las mías. No tengo tiempo para más, así que le tiro su zurrón y retomo la persecución.

¿Dónde se habrá metido? Espero que no haya encontrado ninguna salida al exterior. Aún tengo algo de tiempo para encontrarlo antes del cambio, salvo que haya otro carroñero por los alrededores. Momentos después empiezo a pensar que le he perdido, pero al girar un pasillo veo al ánima subiendo por una escalera al exterior. Le sigo y salgo a una calle llena de gente. Por fortuna le veo entre la muchedumbre y corro en su dirección a la mayor velocidad posible. Noto una ligera vibración en mi pierna, pero no puedo ahora hacer nada más que seguir a la carrera. Esta vez no hay sorpresas ni carroñeros entre medias y cuando le tengo a mi alcance la empujo y ambos caemos al suelo. La moneda hace tiempo que se ha oscurecido y como me temía ha empezado a transmutarse: una densa masa oscura se ha ido extendiendo a lo largo de su cuerpo. Saco el cuchillo, corto los grumos que hay alrededor de la moneda y la meto en un pequeño saco que tengo para tales fines. El ánima comienza a gritar mientras desaparece, hasta que no queda nada.

Miro el móvil y como me suponía se trataba de una nueva muerte, menos mal que no está muy lejos. Quedan apenas unos minutos para la cita, por lo que espero poder cerrar la siguiente asignación rápidamente.

9′

Llego hasta un enorme recinto, en el que soy recibido por un tumulto de gente que salta, grita, anima, balbucea e insulta a las dos personas subidas al cuadrilátero que hay en el centro. Deben llevar un buen rato peleando, lo suficiente para estar cansados, pero aún se les ve con energía. Es curioso, uno de ellos tiene su moneda casi apagada, pero a pesar de eso sigue de pie. Por mi experiencia deduzco que le han envenenado y solo su fuerza de voluntad está retrasando lo inevitable. Momentos después su rival le da de lleno y le tumba dejándolo desplomado en la lona. La moneda se apaga y la recojo a toda mecha. Queda apenas unos pocos minutos para la cita, aún así creo que lo conseguiré.

Entro en otro hospital y me vuelven a deslumbrar los fogonazos. Subo hasta la primera planta. Al entrar en la habitación me encuentro unos médicos interviniendo a una mujer. Detrás de ellos está mi cita: una mujer de melena castaña y ropajes blancos, rodeada de un fino halo de luz. Es la única que se gira cuando entro, asiente y vuelve a girarse. Momentos después saca de su mochila una moneda que reluce en su mano, y la deposita en la madre. La luz se extiende por la habitación y me deslumbra. Una vocecilla grita y el pequeño es recogido por los médicos. Es un momento mágico y maravilloso. Hace mucho de la última vez que pude contemplar algo así sin tener prisas, tanto, que me inunda cierta paz y tranquilidad. Mientras un médico tiene al pequeño los otros siguen con la madre. Lo siento por ella, solo espero que pueda ver al pequeño antes de que se acabe todo. Me voy acercando, su moneda ha empezado a flaquear y a apagarse, parte de esa luz llega hasta la moneda del pequeño y la hace brillar un poco más. La madre no me mira, solo tiene ojos para su pequeño. Lágrimas de felicidad recorren su cara cuando su moneda queda sin brillo. No me gusta interrumpir ese momento mágico, pero hago lo que debo, recojo la moneda y la guardo en mi mochila.

Mi cita se ha quedado mirando al pequeño y a mí, esperando. Le entrego la mochila y le digo: “Toma, además he recuperado algunas monedas que había robado un carroñero”. La mención al carroñero le ha sorprendido, se lo noto en su mirar, pero la conozco y no dice nada al respecto. Nunca dice nada y creo que nunca lo hará.

Comienza a pasar las monedas de mi mochila a la suya y éstas, al pasar por sus manos, recuperan algo de su brillo. Al acabar me mira con esa mezcla de pena y melancolía con la que suele mirarme. Podría pensarse que es raro que, después de participar en algo tan bello como es el iniciar una vida, se encuentre así. Se que ella en general se siente contenta, le gusta lo que hace y disfruta con ello. La mirada de pena es por mí, porque cada vez que nos vemos es porque alguien ha muerto, sabe que mi trabajo no es para nada grato, de hecho no lo elegí, en realidad ninguno de los dos hemos tenido capacidad de elección al respecto. Pero así ha sido durante mucho tiempo, la rutina de nuestra vida y los ciclos de nuestras casuales citas deben seguir su curso.

Al menos me siento feliz de poder disfrutar de unos momentos de calma a su lado, a pesar de que las circunstancias de nuestros encuentros siempre tengan algún tinte de tristeza para ella. Suena el teléfono y se que tengo que irme, no pasará demasiado tiempo hasta que nos volvamos a ver, lo se. Recojo mi mochila, le digo hasta luego y abandono el lugar mientras ella también mira su móvil. Solo deseo no llegar tarde a nuestra próxima cita.

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RuJuguemos

Muchacho del relaxo y los buenos alimentos.

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